Diez centímetros del piso

Por Martín Espinoza

Ensenada.-El pasado fin de semana, me di a la tarea de todo joven de veintitantos con energía y vitalidad por delante: irse de cotorreo. Algo leve y cualquier cosa, pero me sirvió para analizar varios aspectos del sistema gubernamental en materia a procedimientos con problemas de urbanidad. Todos ellos terminaron en la misma tesis: que la ciudadanía a veces estaría mucho mejor sin ser regulada por leyes inútiles.

Tengo una regla, y esa es que nada bueno pasa después de las dos de la mañana (los que miren himym me entienden, los que no, ni saben qué significa himym así que no pregunten).  Así que cuando dio la hora indicada (o sea las 2 30) me dispuse a retirarme a mis aposentos. Me había estacionado en el espacio dentro de los apartamentos en donde estábamos porque no lo quería dejar tan lejos. Poco sabía el pequeño Martín que esa decisión le costaría su nueva aventura.

Al subir a mi carro, di reversa despacio y con cuidado, por que era un lugar que no tenía medido. Con toda la precaución posible logr´´e sacar todo el vehículo y ya cuando iba a cambiar a drive, escuché un extraño tronido de la parte de atrás. Di para enfrente, no se movía, di para atrás, no se movía. Me bajé a ver cuál era el problema. El pobre auto estaba embancado.

Déjenme explicar el término: Una llanta no pegaba en el piso, así que no había tracción alguna que hiciera moverse el carro, que se había subido del chasis a un pedazo de bloque de una barda a medio construir.

En esos momentos sabes que un descuido menso de un segundo te va a cambiar el resto de tu existencia. El resto de la gente en la reunión salio del depa al cabo de un tiempo, y observando el problema, pusimos nuestras brillantes mentes a trabajar como una sola. No me vayan a preguntar “Hiciste esto? Hiciste lo otro?”, por que hicimos todo lo que se nos ocurrió. Ya al final mejor decidía hablarle al seguro para que me mandara una grúa. Oh, qué ignorancia la mía! No es así de fácil ayudar a un ciudadano en desgracia.

Hubo una extraña demora en el servicio. LA gente que me atendía parecía darle vueltas a atenderme. Al final, me querían cobrar 1300 y con dos horas de espera, que porque no había a esa hora servicios disponibles.

Mejor me quedé a dormir ahí y esperé a que diera la mañana para encargarme del problema. Ya estaba azul el cielo cuando me acosté en el piso del depa y dormí como dos horas. Quería hacerme cargo del asunto lo más temprano posible.

Me levanté, agarré mi celular y me puse a dar vueltas por el parque mientras hablaba con la aseguradora. Ya después de otra ronda de llamadas, la mujer de la compañía me dijo que llegaría pronto. Así que como a las 11 de la mañana, al fin tuve asistencia personal. Ahí llegó el otro comportamiento sospechoso. La mujer me contó que no había grúas disponibles de la empresa, que tenía que contratar a una agencia aparte y ellos me reembolsarían  costo. Entonces me puse a marcarle a todas las agencias de grúas de la ciudad. Cuatro me dieron para atrás. Había un secreto que todo el medio de vialidad sabía menos yo: Las grúas no pueden ayudarte cuando tienes un accidente.

Así estaba la cosa: mi carro no había hecho ni un pequeño daño, sólo necesitaba un empujoncito para volver al camino, no estaba averiado, no había ningún problema en el mundo excepto diez centímetros que separaban la llanta del piso. Pero, según la ley, mi accidente causaba estragos en la vía pública. Para la aplicación de las multas, mi auto estaba igual que cualquier vehículo estampado en la pared de un restaurante, habiendo roto ventanas y tirando la fachada.

Una señora de la última agencia  ala que llamé me platicó el que debía ser mi futuro. Ninguna grúa iba a tocar mi carro por ques pasaba un tránsito y veía, la seríamos todos sancionados. Miré a la mujer de la aseguradora exponiéndole mi problema y solo puso cara de “ya sabía”. La señora me recomendó que llamara a tránsito, anotara el nombre al policía que me atendiera y luego le llamara de nuevo para decírselo y así tendrían “un apoyo de gobierno”. Y además de que tendría que “arreglarme” con el policía para que se fuera y la grúa quedara libre para mover mi carro.

Ese era el secretillo: no había manera en que se moviera mi carro de lugar sin que la policía echara un “vistazo”. Lo único que tenía que hacer era pegar mi carro al piso otra vez, no había muertos, no había gastos, solo una grúa que me ayudara y ya. El seguro la pagaría, todos felices. Pero no, según esto, al estar fuera del estacionamiento, yo ya estaba en “vía pública”.

La mujer del seguro me dijo que ya lo único que podía hacer era llamarle a la patrulla. Ella ya sabía todo por lo que iba  a pasar, desde que llegó y me miró con desapego inhumano. “Otro quemuerde el polvo”, quizá pensó.

Al final llegó el policía del caso, la grúa municipal y el perito. Y como me dijo la señora, con cada uno me tuve qué arreglar. Lo bueno que pude hacerlo. Verán, el procedimiento correcto en estas situaciones hubiera sido: pagar los daños de la barda, mi carro al corralón y pagar la sacada, pagar la arrastrada de la grúa, pagar la multa y quedarme unos días sin licencia.

Pero con el efectivo sistema humano y de medios protocolarios, no tuve mucho problema. La mujer se arregló con el dueño de la barda. El de la grúa me dijo que sólo tenía que pagarle el servicio como si fuera de agencia (eso no lo entendí), que me salió mitad de precio. Y pues la predicción que todos sabían desde el principio menos el Martín: Arreglarme con los policías.

La patrulla, la grúa y el carro de la aseguradora, salieron muy contentos con los resultados al final. Y yo me quedé contemplando mi auto que al fin tocaba de nuevo el suelo. Tenía una pequeña ruptura en el chasis, pero eso ya no me importaba. Había salido de esa tormenta de cuestiones sin sentido, en las que se mete uno solo por diez centímetros de diferencia entre tú y el piso.

De veras que el sistema legal está plagado de enunciados que deben seguirse a ciegas para cumplir la ley, que no es efímera y no deja chance para que uno que no hizo realmente nada de daño, salga impune. Lo bueno a veces es que la naturaleza humana puede hacer que nuestros servicios se hagan de la vista gorda