La épica cronológica de un graduado desempleado

Por Martín Espinoza

Ensenada.- Sé que la economía mexicana se ha visto representada por una serie de montajes que nada tienen que ver con el verdadero fondo. Como si la escenografía estuviera puesta al revés y ocultara el desarrollo de la trama. Y que la escena actual fabrica un signo que ha mostrado una representación mexicana persistente. Así como el blanco es la libertad, el rojo la sangre, el verde son los limones tan caros.

Pero hay una obra muy actual que puede brindarnos aún más información real que una habladuría de ensayo socioeconómico. La representación de una simple búsqueda de trabajo. Mientras el ama de casa y el hombre botanero se quejan en Facebook del precio de la fruta, un hombre de 26 egresado de comunicación se encontraba llenando una hoja en una página de clasificados, ofreciendo sus servicios. (Giro de la trama inesperado, ese hombre soy yo, y estas son mis inigualables aventuras)

Por recomendación de mi novia y en vista de que le estaban llegando muchas llamadas de distintos negocios y empresas, decidí dar una probada al método que ella utilizaba: publicitarme en una red social de noticias, en los clasificados. Pero eso no me bastó, seguí mis intereses reales, y además del anuncio, continué llevando mi currículum a los lugares que en realidad me interesaban. Para los que creo que estoy capacitado.

Dentro de ambos, mi currículo y mi anuncio, especifique mis habilidades: Creación de contenido, organización, investigación, manejo de marcas de productos y otras cosas que se ven en el CENEVAL de mi carrera, lo adorné con algunas cualidades que todos ponemos que tenemos al buscar trabajo y me fui del tingo hasta el tango.

Dejé solicitudes en radios y periódicos, donde no faltó ningún lugar en el que me pusieran cara rara. Al parecer, nadie se atreve a ofrecer sus servicios, o nadie considera que sus conocimientos pueden servir justo en el lugar en el que le gustaría aplicarlos. Como si viviéramos en un lugar en el que no se toman las oportunidades si no se las ponen a uno en la cara. Será que nadie sabe buscar? O la sociedad está tan taponeada?

Al final de esa jornada pasé por un reconocido centro cívico de la ciudad, y recordé que mi editora me había sugerido ir a darle un vistazo, que porque no tenían promotores culturales. Me lancé como se llega a roma (preguntando) y llegué hasta la oficina de administración, en donde me costó mucho esfuerzo que la señorita que atiende comprendiera que lo que estaba haciendo era buscar trabajo. Al final decidió llevarle mi currículo a la administradora y dijo que cuando lo leyera, me iba a llamar. Di las gracias, pero no me bastó, no quería quedarme sin pensar que alguien iba a escuchar lo que tenía que decir, así que le pregunté si habría manera de concretar una cita. Me miró aún más extrañada que en las otras instituciones, pero aún así, regresó a la oficina y vino de nuevo a ponerme la cita…”con el director”.

Me emocioné. Regresé a casa y preparé una exposición para presentarle un proyecto de evento artístico al jefe.
En días posteriores, mi teléfono comenzó a sonar para llenar mi agenda de diferentes fuentes que alegaban ofrecerme empleo. La primera aproximación fue mi cita ya programada con el director del centro cívico. Un hombre ya entrado en años, muy entusiasta con mis ideas. Decía que quería darle un rumbo a una difusión artística, y que quería poner todo lo posible para encausar a su ciudad a ello. Nos dimos la mano al terminar la reunión y acordamos armar un buen proyecto, viable y que generara bienes.

Tuvimos visiones parecidas, pero aquí comencé a aprender algo: todo proyecto laboral tiene que centrarse en ganar dinero. Lamentablemente vivimos en una sociedad donde este es el principal tópico. Y es que con dinero se consigue la comida, la vivienda y la comodidad, ni modo, así lo estipulamos por consenso los seres humanos. Pero cómo se consigue el dinero? No es solo “talacheando”. El dinero se consigue aprendiendo y sabiendo cómo. El dinero es de los inteligentes. Seré muy tonto?

Al tiempo, una voz muy grave y profunda me llamó al celular. “Marco Antonio?” dijo. Me llamo Martín Antonio, pero no me atreví a corregirlo. Muy autoritario me indicó que tenía un espacio ese mismo día a las 5, en una estación de radio. Me arreglé rápido y me encaminé a la cita. EL trabajo resultó no ser ni de creación de contenido ni de ninguna otra de las habilidades especificadas que mencioné yo. Resulta que en ese canal, estaban contratando promotores para conseguir clientes que quisieran publicitarse. Quise pararme y salir de ahí corriendo cuando la persona que me atendía me dijo que la convocatoria había sido lanzada exclusivamente para mujeres. Y qué hacía yo? Ni vendedor…ni vendedora.

Ahí aprendí otra cosa. No hay nada más importante que vender. Conseguí que me diera oportunidad de mostrarle algún proyecto para programa de radio, siempre y cuando fuera sustentable. Pero terminé desconfiando de esa como una oportunidad, porque en ningún momento dejó de hablar de que quería que trajera mi “primer cliente”. Era obvio que el contenido del canal no importaba en lo más mínimo, si no que llevara negocios dispuestos a comprar espacio.
Unos días después, mi confianza en la humanidad fue restablecida. En la mañana sonó mi teléfono tres veces para agendarme “entrevistas”. Dos me dijeron Marco Antonio y uno me dijo Juan Antonio. Pero el nombre era lo de menos, estaban dispuestos a mostrarme posibilidades de trabajo.

Aquí llegó un instantáneo tren de desilusiones. La primera era una mujer que solo hablaba inglés, en un tono lento, nasal y aletargado. Me hizo muchas preguntas personales por teléfono: que si con quién vivía, en qué parte de la ciudad y cosas así. Dijo que me llamaría de nuevo más tarde para concretar la cita.

El siguiente en llamar fue el que me llamó Juan. Lo que aprendí ahí fue no dejarte mangonear, lo corregí inmediatamente y con un tono consistente. El tipo del otro lado, inmediatamente bajó si imperatividad, y se portó como si yo mandara. Por supuesto que resolví que los resultados de darte tu lugar aunque no seas el jefe, vienen de buenas. Concretamos cita para esa tarde.

Aquí comenzó un tren de extrañas decepciones. Antes de llegar al lugar acordado de la cita con el tipo, la mujer en inglés me llamó. Me dijo que no me mentiría, que tenía esposo, y que ambos necesitaban de cierto servicio. La cosa se puso más abstracta conforme avanzaba su plática, me describió su físico y el cómo le gustaba que la trataran, y posteriormente, que a su esposo le gustaba jugar de cierta manera. Al final de las insinuaciones (y más lento de lo que hubiera querido) concluí que lo que querían era favores sexuales a cambio de una cierta cantidad de dinero. Negativa inmediata. La labor física no está siquiera como posibilidad en la mesa.

Así que me tomé una botella de agua para sacudirme la experiencia anterior y me encaminé al lugar de la cita de trabajo. La cosa se veía para nada ortodoxa. Me tocaba hablar con un muchacho bastante amanerado y un tanto coqueto, acompañado por otro bien arregladito y sonriente y una mujer muy seria, seca y dura, que inmediatamente al verme comenzó a competir conmigo en miradas. Creo que no quería perder su puesto de macho dominante.

Esto me hizo preguntarme una cosa: estábamos en un café cristiano, y esas personas no parecían del tipo de una religión judaica. Por qué eligieron ese lugar? La pregunta se me respondió cuando vi llegar a un par de jovencillos que al parecer iban a oír la misma letanía que yo. Me llené de terror al pensar que todo se trataría de algún reclutamiento, y cuando el muchacho amanerado mostró su laptop inmediatamente reconocí el logotipo de una red de mercadeo de café. Me lamenté para mis adentros el tener que pasar los próximos cuarenta minutos oyendo una promoción de algo de lo que ni siquiera quería formar parte.

Pero ahí entendí lo que más me sirvió en toda esta aventura. Que uno debe vender el mejor producto con el que debe contar: uno mismo. Uno no puede menospreciarse dejándose ir a cualquier trabajo guarro, ni dejar que lo ninguneen, y además debe ofrecer lo que mejor tiene y promocionarlo, teniendo en mente que le será pagado con ese objeto determinante que es el dinero.

La reunión terminó conmigo saliendo disparado a mi casa y preguntándome si debía asistir a la última oferta de trabajo que tenía agendada, a la mañana siguiente. Después de mucho pensarlo, hice lo de siempre: me arreglé y fui con mi actitud positiva y lleno de energía a la entrevista.

Esta vez, precedida por un señor, un ingeniero. Parecía centrado, sabía lo que quería, me miraba a los ojos sin dudar y me hizo unas preguntas que se notaba eran para medir mi inteligencia. Él buscaba a alguien que se encargara de un negocio de juegos de trampolines para fiestas. Según esto, administrar, ensamblar y operar. Como dije: no iba a hacer nada de trabajo físico, pero no iba a tirar esta experiencia ni momento solo porque sí. Fue mi examen final. “Ofrecer lo que tengo, sin menospreciarlo”. Hablamos de su negocio y su necesidad de situarse en el mercado actual. Él quería plataformarse como entretenimiento turístico, así que le hablé de las posibilidades, medios y herramientas para promocionar su negocio. Le dije que no era el hombre para operar ni atender, pero que podía presentar y manejar un plan de promoción y difusión, que fuera eficiente para él y sus trampolines.

Se quedó pensando y me dijo que me tendría una respuesta para esa semana. Al parecer, le expuse un lado que no había considerado e hicimos buena sinergia. Al final me dijo algo que yo no buscaba parecer, me llamó “honesto”. Qué curioso que uno pueda exponer lo que tiene a quien no se imagina nadie que puede necesitarlo. Uno siempre tiene algún talento vendible y manejable, que quizá la sociedad no espera o no dimensiona, pero debe estar seguro que en algún lugar es necesario.
Quizá no todos seamos el pervertido sexual de alguien, o el “recluta de mercadeo”. Pero quizá tenemos un proyecto que puede ser viable y vendible. Quizá tenemos el plan para que algo se lleve a cabo con éxito. Quizá tenemos algo que en alguna parte del mundo falta.

En la noche terminé platicando y recapacitando esto con mi novia en una taquería. Me sonreí de lo irónico que resultó, que cuando quisimos disfrutar de nuestra comida, la charola de limones estaba vacía. Los limones siguen estando muy caros.