La magia

Por Néstor Cruz Tijerina*

Ensenada.- Las mujeres tienen magia. Sin importar lo que diga la ciencia amargada. Ir a la guerra por su honor, voltear siempre a verlas cuando tienen algo bello que enseñar, cumplir imposibles, perseverar por ellas. Eso es magia. Nada mueve al mundo como ganar el amor -o el favor- de una mujer.

La academia nos dirá que todo se trata de hormonas: de un montón de químicos mezclándose para formar el deseo, el instinto de supervivencia. Pero me importa poco, hoy tengo seis años y quiero creer que es magia.

La verdadera belleza del mundo consiste en el olor de la piel de una mujer adorada. En lo fino de sus cabellos cuando se enredan en nuestros dedos. En los ojos brillantes cuando te invitan a pasar adentro de ellas.

Desde pequeñas, su sonrisa infantil abre las puertas de todos lados. Uno, como padre o persona cercana, las ama sin cuestionar por qué, sin buscar lógica o respuesta racional.

La magia del amor, la cursilería más grande jamás pensada, es una realidad cuando los 15 ó 20 kilos de huesitos vienen, te abrazan y te dicen entre risas “te amo papi”. Y te desarmas:

No importa cuán cansado vengas del trabajo. Si te chocaron o robaron. Si el dinero no alcanza. Si ya no amas a su mamá. Si le subieron a los limones… eso qué. Ya nada más interesa si la niña viene y te aprieta contra ella. También aplica a los niños varoncitos; pero seamos sinceros, hombres: la niña es más convincente.

Luego crecen, se vuelven adolescentes. Les salen sus senitos, se les moldea la cadera, les destacan las pompas. Y uno, en el frenesí de la testosterona, explota… las perseguimos, las deseamos más que a nada, nos masturbamos en su memoria miles de veces.

Pero somos tontos, adolescemos de la inteligencia para conquistarlas. Y cometemos los primeros pecados de amor. Perdemos la dignidad, rogamos, parecemos zombies. Claro, cuando somos feos, como casi todos a esa edad, y no somos el estereotipo de Justin Bieber por el que todas las morritas babean.

Ya después, los hombres nos volvemos mañosos y crecemos. Lo malo que ellas también. Y digo lo malo porque las mujeres adultas-jóvenes ya no sólo buscan que el tipo esté guapo o les hable bonito: ahora quieren la estabilidad material, que el nido sea firme. Y por eso ya no importa tanto que el Justin sea muy inteligente. Ahora tiene que ser buen proveedor.

Pero ojo: no digo que sean unas malditas interesadas; ellas también siguen su instinto. Los hombres exitosos en lo laboral adquieren “la magia”. Son bien cotizados en el gremio femenil, casi siempre cuando el gremio femenil es pobre y se desarrolla en el tercer mundo. La crisis económica también ha envilecido a las mujeres. Es más fácil ahora que se renten a que se enamoren.

Pero claro que también existen mujeres fuertes, autosuficientes, que se enamoran de las cosas más sencillas del macho. El sentido del humor, por ejemplo, siempre he pensado que es el escote de los hombres. La fuerza física además; requiere de menos inteligencia, pero también atrae a un sector de mujeres, de perdida para saciar el rollo sexual y visual.

La mujer joven pero adulta es una delicia cuando logra superar los lugares que la civilización occidental y la religión le impone. Uno, cuando no quiere a una mascota, aprecia la voluntad de la mujer libre que va por lo que quiere, con la misma motivación implacable de cualquier hombre decidido. Porque cuando te elige como pareja, sabes que lo hace por quién eres, por lo que sabes, por tu talento, sea cual sea, y que no está pensando sólo en ella o en los niños del futuro o del presente.

Pero ser mujer en esa edad tiene muchas trampas. Los medios, como a todos, nos tratan como consumidores, no como personas. Y empiezan las presiones para lograr la aceptación. Debes pintarte así la jeta, debes estar como la modelo, debes vestir así, calzar asá, hablar de esto, cocinar aquello. Y viene la depresión.

Casi 400 millones en el mundo están deprimidos y la mayoría son mujeres. Su sensibilidad natural reacciona más rápido a la frustración a esta vida de aparadores con rejas en que estamos.

Y es aquí, entonces, cuando muchas se vuelven todo lo contrario a la mujer libre: se aprovechan de su magia para manipular al hombre, débil o inteligente por igual. Creen que la magia despertada en la adolescencia es la única que hay, y van por la vida destruyendo y lastimando a gente que, si no tiene la experiencia previa, es incapaz de identificarlas.

Y duele. Y empieza a crecer la camada de hombres cada vez menos dispuestos a conocerlas y más a tratarlas como objetos. Porque si la mujer lo ve a uno sólo como proveedor, lo más natural es que uno empiece a verlas como mercancía reemplazable. Y se vuelve un círculo infinito de relaciones vacías, de vida sin el gozo del amor.

El gozo del amor: ese que tienen dos personas de diferente sexo para interrumpir una lectura erótica y revolcarse. Ese que puede pasar frente a ti Scarlet Johanson y no volteas a verla. Ese que te hace crecer mil metros cuando vas tomado de su mano. Ese que te hace querer amarla todas las noches, y a veces en las mañanas y también en las tardes, sin importar cuánto tiempo pase. Ese que hace que te mueras de celos por dentro cuando alguien más la hace reír. Ese que de forma natural desea que nada le falte a ella y que cada vez tengamos más. Ese que te hace decir “siempre” y “nunca” con verdad. Esa magia.

Extraño mucho sentirme así como lo que escribí. Creo que sólo una vez me pasó y fue la etapa más feliz de mi vida.

Incuso yo, medio misántropo y medio misógino, puedo decir que mis mejores momentos pasaron en los brazos de dos mujeres: una pequeñita de ahora 5 años y una de 31.

Por eso ahora que recientemente se festejó el día de la mujer, celebro que existan, no que cada vez más se vuelvan funcionarias y tengan un vagón del metro para ellas solas. Nuestra sociedad está en pañales. Que se preocupen en la época de colonización espacial si los australophitecus le siguen pegando a la señora. Ahorita es normal; nos olvidamos que apenas hace 15 años nadie conocía la internet. Y el fuego lo acabamos de descubrir.

En ese sentido, conozco mujeres exitosas que escriben, que dirigen hospitales, profesoras y demás, que se cagan de risa de las que se la pasan hablando de machismo. “A mí no me dan trabajo porque soy mujer”. Ojo que a lo mejor no te lo dan por ser pelotuda, eh. Presentar a la humanidad como un duelo entre lo masculino y lo femenino atrasa como 50 años.

Y luego están las que esperan que sus novios, amigos y/o empleadores les regalen cosas en el día de la mujer. Eso es cagarse literalmente en el día de la mujer y en todos sus avances obtenidos hasta hoy.

Hombres y mujeres, con el tiempo, tenemos que aprender a respetarnos de una puta vez: tu decadencia termina donde empieza la mía. Esa debe ser la regla. Decadencia, porque esa siempre ha existido en la naturaleza humana y esa es la que debe atenderse, no una simple fobia.

En fin. La mujer da para escribir un libro y esta es una pequeña columna.  Me disculpo si fui medio disperso en mis temas; pero todo tiene que ver con mi falta de entendimiento de la magia. Luego trato de buscarle significados sociológicos y fracaso, como hasta ahorita los científicos en la comprensión del origen de la materia.

Mientras no se descubra qué es lo que tienen las mujeres, que han sido las que hasta hoy han movido al mundo poblado por homínidos, para mí continuará siendo magia y las seguiré contemplando con la misma fascinación con que un niño curioso de 6 años mira algo por primera vez.

*Néstor Cruz es periodista. Director de la Revista Reportaje.